26 de agosto de 2016

¿Por qué la inversión en bolsa no da los resultados que esperan los inversores?

Conozco pocos inversores que estén contentos del resultado de sus inversiones en bolsa. La mayoría ha tenido una mala experiencia.

¿Por qué ha sido así?

Creo que en general es así porque hay una tendencia a acordarse de la bolsa sólo cuando ésta lleva un período largo de subidas (por lo que las acciones tienen más probabilidad de bajar que de subir) y porque se tiende a invertir pensando en dar el gran pelotazo, es decir, apostando por acciones de gran volatilidad y por tanto demasiado riesgo, que igual pueden dar un salto hacia arriba como caer estrepitosamente, que es lo que suelen hacer cuando su precio ha resultado recalentado injustificadamente por la especulación bursátil. Además, y por último, porque el inversor medio no sólo no sabe escoger el momento de comprar, sino que no sabe escoger el momento de vender y salir de una acción o de la bolsa en general.

El resultado de todo ello es un fiasco.

¿Cómo puede resolverse? Pues he tratado de explicarlo en este blog y en el libro que publicamos hace unos meses 30 acciones para invertir en bolsa en 2016: seguir un método de inversión disciplinado y a largo plazo.

En mi opinión nadie sabe a ciencia cierta si la bolsa subirá o bajará. Quien lo supiera se haría rico. Se puede hacer suposiciones a partir de la interpretación de los datos macroeconómicos, como hacen los fundamentalistas, o de los datos de la propia bolsa (gráficos de cotización, volumen de transacciones, etc), como hacen los técnicos, pero seguro del todo no está nadie. De hecho, hay quien gana mucho dinero precisamente yendo contra la opinión de la mayoría: comprando cuando el consenso general dice que la bolsa bajará y al contrario. En base a eso, lo que debe hacer el inversor de a pie es hacer su cartera y olvidarse de lo demás, y hacerla en cualquier momento que le venga bien. Se trata de invertir parte de sus ahorros en bolsa, dejando otra parte en bonos de renta fija o depósitos, y otra, si le es posible, en inmuebles (comprando un piso para alquilar o invirtiendo en un fondo que se dedique a comprar pisos para alquilar). Cualquier inversor prudente ha de tener presente el primer mandamiento de la inversión: diversificar. Y hay que empezar diversificando en el tipo de activos en los que se invierte, de manera que aunque caiga la bolsa, se tenga una parte de los ahorros en bonos o inmuebles. Y viceversa. Los inversores más sofisticados añaden otros tipos de activos, como oro, materias primas, obras de arte, etc., pero son opciones que normalmente no están al alcance del inversor de a pie.

¿Cuanto hay que invertir en cada tipo de activo? Pues ahí empieza el instinto del inversor y su interpretación de la realidad económica en la que se mueve. Puede llegar conclusiones por sí mismo o a través de asesores que le orienten en ese aspecto.

Analicemos los cuatro tipos de activos que he mencionado: bonos, depósitos, acciones e inmuebles.

Los bonos son un activo arriesgado, porque su precio fluctúa en función del alza o la baja de los tipos de interés de la deuda pública de la moneda en la que están emitidos. Y si el ahorrador es en euros y los bonos en otra moneda, también fluctúan en función del tipo de cambio entre la moneda en la que están emitidos respecto al euro. El riesgo de cambio es inevitable. El riesgo de fluctuación de los intereses se evita si el bono se compra y se mantiene hasta su vencimiento. Además existe un tercer riesgo: que el emisor no reembolse al inversor el vencimiento del bono.

En general, en un entorno de subida de tipos de interés, los bonos son poco o nada aconsejables. Sólo se debería invertir en bonos de deuda pública y con vencimientos a corto plazo, como una manera alternativa a la cuenta corriente o los depósitos de mantener la liquidez. La rentabilidad se asemejará al tipo de interés de referencia que fijen los bancos centrales, pudiendo ser, como en estos momentos incluso negativa para algunos emisores. La inversión en bonos en serio ha de dejarse en manos de profesionales, y el inversor de a pie no atreverse a hacerlo por sí mismo.

Los depósitos son similares a los bonos, pero el receptor es una entidad financiera, cuya solvencia hay que analizar y no jugársela invirtiendo en bancos desconocidos o dudosos por un cuarto de punto de rentabilidad adicional. Es un dinero que se presta a un banco a un plazo concreto. El banco paga los intereses cuando procede y devuelve el principal al vencimiento. La rentabilidad actual de los depósitos es mínima.

Las acciones producen rentabilidad por tres vías. La primera los dividendos que pagan si las tenemos en cartera el día que se devengan. Hay acciones que no pagan dividendos y las hay que lo que pagan puede representar un 5% o más de lo que nos costaron. La rentabilidad por dividendo de una empresa está en función del dividendos que paga por acción dividido por el precio al que compramos la acción. Obviamente la rentabilidad porcentual por dividendo va variando cada día en función de la cotización de esa acción. La segunda vía de rentabilidad (o de pérdida) es la evolución de la cotización. Y la tercera, si la acción está nominada en una divisa distinta a la nuestra, es la evolución del cambio de dicha divisa respecto a la nuestra. Si la acción está en euros y el euro es nuestra divisa, no habrá rentabilidad ni riesgo por este lado. La gran ventaja de las acciones frente a bonos, depósitos e inmuebles, es que podemos venderlas cuando queramos. Y que sabemos cada día lo que valen. Aunque para que estas dos ventajas sean reales hemos de evitar las acciones con poca liquidez, es decir, las empresas que por ser muy pequeñas o por tener una parte muy pequeña de su capital en bolsa apenas negocian títulos en las sesiones diarias de las bolsas en las que cotizan, porque eso hace que si un día queremos venderlas podamos llevarnos la sorpresa de que nadie quiera comprárnoslas, o lo que es peor, que las vendamos a un precio muy por debajo del habitual.

Por último, los inmuebles, son una opción menos transparente pero más local, y en principio menos sujeta a la volatilidad que tiene la bolsa. La rentabilidad financiera no es tan obvia porque su gestión conlleva costes y sus ingresos no son lineales, en función de la ocupación o desocupación de los mismos. De la inversión inmobiliaria destaca últimamente la inversión en apartamentos turísticos, que es un producto en boga que está dando buenas rentabilidades en emplazamientos turísticos prime. Obviamente, hay muchos tipos de productos inmobiliarios, y aconsejo al inversor de a pie que se deje asesorar, o incluso que busque algún fondo que se dedique a la inversión en inmuebles en renta, como una vía más fácil y cómoda de hacerlo.

Una vez ya se ha decidido cuánto se invierte en cada tipo de activo y se tiene un capital para invertir en bolsa, es cuando hay que decidir cómo hacerlo.

Vamos a seguir comentándolo en otro post.

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