Futuro

20 años después estamos cerca de vivir la explosión de otra burbuja de Internet: las criptomonedas

En el año 2000 vivimos el ascenso meteórico de los precios de las nuevas empresas ligadas a Internet, un fenómeno que se decía que iba a cambiar el mundo, pero que pocos entendían ni mucho menos eran capaces de dimensionar en cuanto a su impacto económico, pero con el que muchos se estaban haciendo ricos. Las cotizaciones de las empresas de Internet (por ejemplo nuestra Terra) subían en vertical. La gente comprada porque querían hacerse ricos. Aunque no sabían porqué. Las valoraciones eran irracionales, pero no importaba. Empresas que perdían dinero o que incluso no tenían ingresos, se valoraban de mil maneras diferentes, cada cual más rara, para justificar un precio inexplicable. Internet era la gallina de los huevos de oro, y había que ser el primero en aprovecharse de esa gallina.

De pronto, la burbuja explotó y las bolsas cayeron estrepitosamente, generando una crisis mundial. Las valoraciones se desplomaron y muchas prometedoras empresas cerraron o fueron vendidas a precio de ganga.

Sin embargo, pasados los años, Internet y las empresas que supieron aplicarlo se convirtieron en las mayores empresas del planeta. El lector sabe que estoy hablando de Facebook, Amazon, Google, y tantas otras. Algunas incluso nacieron después del crack del 2000. Quienes invirtieron en ellas obtuvieron rentabilidades increíbles. Todas obtienen beneficios millonarios y han cambiado el modo de vivir, trabajar, educarse, informarse, comunicarse y entretenerse de todos los habitantes del mundo. Han cambiado el mundo.

Sin duda aquellas locura del 2000 estaba justificada. Ahora lo sabemos. Pero no lo estaba entonces. No era el momento y no se daban todavía las bases para el gran salto, que había que acabar de construirlas.

Creo que en estos momentos vivimos un escenario similar con las criptomonedas, de entre las que destacaré, por ser la más emblemática, el Bitcoin. De hecho usaré el término bitcoin para referirme en general a las criptomonedas.

Yo soy muy escéptico sobre el valor de las criptomonedas, como he escrito en este blog muchas veces. Pero acabo de leer un interesante artículo que me pasa un amigo y lector, que me ha ayudado a avanzar en mi juicio sobre el tema. Voy a explicar a continuación mis reflexiones sobre al asunto. Y ante todo empiezo por decir que estaré encantado de que añadais vuestros comentarios o rectificaciones respecto a lo que voy a decir, siempre que sirva para que todos nos iluminemos un poco más sobre un tema tan complejo.

Empiezo.

El bitcoin nace como una tecnología que busca que una aplicación pueda ejecutarse descentralizada, sin que sea necesario un tercero para controlar y certificar sus resultados. esa tecnología se llama blockchain.

El resultado es que la aplicación en cuestión sea resistente a la censura, al control:

  • ¡Al bitcoin no lo controla nadie!
  • ¡Es la divisa del pueblo…!
  • ¡Es la libertad, el capitalismo libre!
  • ¡Permite hacer pagos sin que nadie los controle!

Es una idea libertaria que entusiasma a sus pioneros. Primero a los propios frikis informáticos que lo inventan, pero enseguida a los frikis libertarios de distinto signo (que siempre han estado ahí y ahora han salido orgullosos a las calles de todo el mundo, como ayer mismo se vió en el Congreso de los Estados Unidos). El bitcoin lo han abrazado como el Mesías en su lucha contra el establishment.

Pero, si se hubiera quedado ahí, la burbuja se habría desinflado pronto. El problema es que ese mundo libertario tiene un lado oscuro, la Deep Internet, en la que no solo habitan ellos, sino fuerzas más poderosas del mundo de la mafia y la delincuencia, que tienen un gran problema: necesitan blanquear millones de divisas clásicas, y las policías del mundo les siguen la pista y acorralan a las entidades bancarias por las que los encauzan. La solución: comprar bitcoins, porque una vez convertido en bitcoins la policía y el fisco pierde el rastro.

La llegada de ese enorme flujo de dinero supuso un impulso en la cotización de la criptomoneda, lo que hizo que se fijaran en ella muchos especuladores que la vieron como una vía rápida para hacerse rico, más que como un producto o servicio.

Esa espiral de precio se ha disparado con la entrada en el mercado del bitcoin de nuevas plataformas y nuevas empresas, sobre todo startups que se mueven en el mundo de las aplicaciones financieras (el fintech) y a las que les resulta más fácil desarrollar sus servicios sobre las plataformas de criptomonedas (Ethereum, por ejemplo, o el propio bitcoin) que hacerlo en los sistemas financieros o bancarios tradicionales. Y sus clientes potenciales (los frikis que antes citaba, así como los especuladores que ya están o conocen las criptomonedas), acuden gozosos a ellas, incluso como inversores antes que como clientes. Todo ello alimenta el monstruo.

Algunas de ellas incluso han formalizado rondas de inversión en bitcoins, a las que han entrado a saco todos ellos. Y, como novedad, han empezado a invertir algunos fondos de inversión que empiezan a tratar de posicionarse ante el potencial de la tecnología blockchain a largo plazo. Eso está elevando aún más los precios, llevándolos, en mi opinión, a un nivel de ruptura.

En definitiva, el precio del bitcoin se sustenta en una demanda irracional, de compradores que o son frikis o son especuladores que tratan de forrarse con un activo que no tienen ni idea de cómo se sustenta ni por qué vale lo que cuesta, y a corto plazo creo que se hundirá. No sé si tardará unas semanas o unos meses en hacerlo, pero yo creo que no tardará mucho. Me mojo.

Pero, ¿no hay valor en absoluto en el bitcoin? Sí que lo hay, y muy grande: en su tecnología, a mejor dicho, en su filosofía: la de una informática sin censura, no sometida a un poder central, que puede cambiar Internet en poco tiempo, hacia un Internet, en el mundo de las transacciones financieras, al menos, más descentralizado y más sano. Y probablemente en un amplio abanico de otras aplicaciones que aún estar por desarrollar.

En el mundo de las divisas, la tecnología criptomonedas/blockchain, si se me permita llamarla así, puede ser la base de la primera criptodivisa divisa de ámbito mundial, respaldada por las grandes potencias y los organismos internacionales (ONU, Banco Mundial, FMI…), incluidos los mayores bancos centrales (FED, BCE, BoJ, BoE, BPoCh…).

Las posibilidades de esa tecnología están empezando a vislumbrarse y eso es lo que hace que grandes fondos de inversión estén empezando a posicionarse en los principales players, y explique que las plataformas que lo hacen posible (Ethereum, etc.) estén cotizando a precios astronómicos.

En resumen: las criptomonedas no son una buena inversión, que probablemente vaya a la baja y mucho y pronto; pero sí que los son las plataformas que han desarrollado la tecnología blockchain, y que harán posible los avances en un futuro bastante cercano en el lanzamiento de la o las criptomonedas «oficiales» y en el desarrollo de otras aplicaciones descentralizadas que permitan evitar el hackeo y la censura de su contenido.

Muy parecido a lo que pasó en el año 2000 con la burbuja de Internet.

 

Perspectivas de inversión para 2021

Ha llegado a mis manos un informe del banco suizo UBS sobre perspectivas para 2021, dirigido a sus clientes inversores. Es largo pero lo he leído con interés, ahora que estamos acabando con este maldito 2020 y se nos abren esperanzas de que 2021 nos devuelva a la normalidad.

Me he hecho un resumen de sus conclusiones y recomendaciones que quiero compartir con mis lectores, con permiso del banco.

En general UBS es optimista respecto a 2021, pero recomienda a los inversores pensar globalmente a la hora de invertir y seguir la máxima que aquí no nos hemos cansado de repetir: diversificar, en tipos de activos, en países, en divisas, en sectores… Solo diversificando se puede el inversor poner a salvo de la incertidumbre y por tanto la volatilidad de los mercados.

También sugieren primar las acciones, no los bonos (la renta fija).

Defienden que en 2021 las empresas recuperarán los niveles de beneficios previos a la pandemia, aunque algunos sectores estarán por encima un otros (los más afectados por la Covid19) probablemente estarán por debajo. Creen que la Eurozona más o menos los igualará, pero UK no los alcanzará hasta 2022 0 2023. Sin embargo creen que Asia, EEUU y Suiza los superarán.

A corto plazo, estiman que las empresas de mediana capitalización lo harán mejor que las grandes, y que también se recuperarán las empresas industriales, así como la energía.

Creen que el dólar se devaluará (en eso coinciden con casi todos los analistas) en 2021 y en los años siguientes.

En cuanto a la visión a largo plazo, apuntan a que el inversor debe apostar por los grandes temas de los próximos 5 años, que para ellos son 5:

  • El 5G, y su impacto en algunos sectores.
  • La tecnología financiera (fintech), que también puede extenderse a los seguros o el inmobiliario. La cuestión es si el impacto positivo lo monopolizarán las empresas que emergen o las entidades financieras actuales. En un próximo post me detendré un poco más en el futuro de la banca.
  • La tecnología sanitaria (biotech) a la que ve un largo recorrido en temas como la telemedicina, el desarrollo de órganos o la medicina personalizada. Y muchos más.
  • La tecnología verde. Empujada por los ambiciosos objetivos políticos respecto a sostenibilidad establecidos por la Unión Europea y otras regiones. Se concreta en muchas cosas, entre ellas los edificios inteligentes.
  • Y por último y muy destacable, menciona la importancia de diversificar entre un 10 y un 20% del patrimonio invirtiendo en fondos de private equity. De hecho afirma que estiman que el PE ofrecerá una rentabilidad a los inversores por encima del 10% anual en los próximos 15 años. Obviamente, a cambio de un esquema de liquidez que el inversor ha de saber gestionar. Yo soy un convencido de ello, e incluso me atrevo a elevar el porcentaje del patrimonio a invertir en PE hasta el 50%, si se sabe diversificar los riesgos con varias gestoras y temáticas y apostando por fondos de fondos.

En conclusión, un informe interesante, que puedo hacer llegar a cualquiera de mis lectores que me lo pida. Está en castellano. Es largo pero merece la pena leerlo, o al menos hojearlo.

 

A corto plazo recomienda, para 2021, primar

La COVID será una ayuda a China para convertirse en la mayor economía del mundo

Un informe del Center for Economics and Business Research afirma que la pandemia va a permitir que China acelere en su carrera hacia convertirse en la mayor economía del mundo, sobrepasando a Estados Unidos.

En la década de 2030 el ranking de las mayores economías acabará siendo:

  1. China
  2. Estados Unidos
  3. India
  4. Japón
  5. Alemania

Tomemos nota y actuemos en consecuencia.

¡Tenemos Brexit!

Acabamos el año con una gran noticia: el Reúno Unido y la Unión Europea han llegado a un acuerdo para la salida de GB de la UE.

La pesadilla de un Brexit salvaje sin acuerdo se ha disipado. Creo que es lo mejor para todos y una buena noticia en un año que ha estado muy huérfano de ellas.

Yo creo que la salida de GB se demostrará a largo plazo que es una buena noticia para la UE, que ayudará a avanzar en la Unión y a reforzarla.

Yo soy de los que cree que hacia mediados de siglo, cuando la UE avance en sus instituciones como una unión federal de estados y se fortalezca como entidad política y económica en un mundo cada vez más polarizado entre las grandes potencias (básicamente EEUU y China), GB volverá a pedir su incorporación al proyecto europeo. Aunque entonces lo hará con mayor convencimiento y con una UE más fuerte y más unida que nunca.

¡Salud y fuerza a la Unión Europea!

La industria de la reparación vs. la industria de la producción

Leo en la revista de la OCU (Organización de Consumidores y Usuarios) el editorial firmado por Ileana Izverniceanu en el que reivindica el derecho del consumidor a poder reparar los productos que haya comprado dentro de los 3 años siguientes a la compra. Es algo que ahora no pasa. Y, en consecuencia, los productos averiados acaban siendo basura y un derroche económico, de energía y lo contrario a la economía circular.

El Parlamento Europeo ha reivindicado ese derecho, planteando que los fabricantes o vendedores establezcan formas de reparación a precios aceptables durante al menos el período de obsolescencia programada de sus productos.

Me sorprende el dato que dan, de que el 66% de los productos se averían dentro de los 3 años desde su compra.

Ileana apunta no solo a los derechos de los consumidores, sino a la conveniencia para toda la sociedad europea, y en especial española, de que se desarrolle una “industria de la reparación” local, española, europea, en contraste con la “industria de la produccíón” que es mayoritariamente asiática, y en especial china.

La rueda económica del futuro será más lenta

Ya hace tiempo que se reivindica que la economía mundial no puede seguir basada en el consumo desenfrenado y en el crecimiento infinito. El planeta no va a resistir.

En definitiva se trata de rebajar la velocidad de crecimiento.

Pero hasta ahora ningún país de atreve a probarlo, por no quedar rezagado en la carrera económica mundial, que es lo mismo que decir la carrera política. La riqueza se basa en el PIB. Cuanto más riqueza tienes, más poderoso eres. Las grandes potencias mundiales lo saben muy bien, y lo aplican.

Sin embargo la crisis de la COVID19 nos ha llevado a un escenario de facto en el que el crecimiento económico desaforado se ha frenado en seco. El consumo ha caído en picado, con las perversas consecuencias que todos estamos experimentando, y en especial los sectores del comercio, el ocio, la cultura, el turismo y la hostelería.

En ese sentido estamos experimentando un escenario que nunca antes nos habíamos atrevido a probar. Y espero que los economistas saquen conclusiones del impacto que está suponiendo en los hábitos de los consumidores y en la economía en general.

La cuestión básica que hay que dilucidar es si una economía slow, una economía basada en un consumo atenuado, en un consumo más local, en la racionalización de los desplazamientos, es una economía sostenible.

Yo creo que no habrá más remedio, como decía al principio, que reinventar el modelo económico y adoptar unas pautas de vida más sostenibles, en las que no tengamos 3 coches, ni dos ni uno, en la que no construyamos viviendas para estar vacías, en las que no compremos productos alimentarios fabricados a mil kilómetros, en las que no tengamos nuestros armarios llenos de ropa que no usamos, en la que consumamos solo lo necesario y lo más cercano posible. En fin, que llevemos una vida no basada en el consumismo, sino en el respeto al planeta.

La adaptación de las empresas no será fácil. Todos los sectores van a verse afectados. Por ejemplo la automoción (ya he hablado de ello en este blog), la aviación civil, el textil, el inmobiliario, etc., pero, insisto, es inevitable.

El mercado laboral, el gran fiasco de España

España necesita mejorar su productividad, y esa mejora pasa por resolver o al menos mejorar lo que peor lleva: un mercado laboral que no funciona. Nuestra tasa de paro es inaceptable y en especial en la gente más joven. Somos el ejemplo a no seguir en Europa y en general en los países desarrollados.

No funciona nada o casi nada. Me refiero a una larga lista de aspectos que influyen:

  • La educación no está orientada al empleo. Nuestro sistema no forma para emplearse. Los jóvenes se forman en lo que les apetece o en lo que les parece más fácil, no en lo que demanda el mercado. Y así ocurre que las empresas no pueden cubrir muchos puestos de trabajo, a la vez que las colas del paro son cada vez más largas. COVID aparte. Y los salarios cada vez más bajos. Es decir, que todos, empresas y parados están quejosos. Y así perdemos todos los trenes. Pero es que, además, la educación española se olvida de algo esencial: la comunicación. Los trabajadores españoles no saben comunicarse bien, en cualquiera de las formas de comunicarse: oral o escrita. Y no hablemos de idiomas, donde se han registrado avances pero no son suficientes. Y todo esto afecta a la educación primaria, secundaria, la formación profesional y la universitaria. Se comparte el diagnóstico, pero no se le pone solución. Un ejemplo: recientemente veía un reportaje de cómo se avanza en la formación profesional (un tema eterno) y a los estudiantes se les trataban de enseñar las técnicas básicas de carpintería en primer curso, para así ir avanzando curso a curso. A mi me pareció un gran error. ¿Por qué no se les pone desde el inicio ante el reto de hacer un mueble y a partir de ahí se les van enseñando las tÉcnicas necesarias?
  • La actitud empresarial, que no apuesta por los jóvenes y amaga sus deficiencias y la falta de una cultura de apoyo al talento amparándose en una legislación que permite tratar a los empleados como si fueran números, contratándolos en períodos temporales sin ningún compromiso mutuo. Y la falta de actitud emprendedora, algo que ha mejorado en los últimos tiempos pero que aún es insuficiente. Sigue pesando mucho la atracción de una vida funcionarial, al margen de los riesgos vitales de los asalariados y amparados por una nueva exigencia de productividad. Del mismo modo que el negocio inmobiliario y turístico acabó con la industria en muchas partes de España, el funcionariado es una rémora para el emprendimiento.
  • La ineficacia del aparato público teóricamente orientado a la facilitar el empleo, que ha quedado relegado a una oficina de parados. ¿Quien se coloca gracias a los servicios públicos? Nadie. Los parados están en manos de las ETT, parte de la solución y parte del problema. Al final es el boca oreja el mejor servicio de búsqueda de empleo.

El resultado de todo ese conjunto que no funciona es que nuestro país no funciona, y que nuestra productividad no despega. Que nuestros mejores profesionales se van al extranjero, donde encuentran mejores oportunidades. Y que el país pierde oportunidades de acoger inversiones empresariales interesantes, por falta de mano de obra cualificada.

En definitiva, que el país no funciona.

A todo eso se añade el envejecimiento imparable, componiendo un cóctel explosivo que nos puede llevar directos a la segunda división económica mundial, aparte de empobrecernos y hacer imposible de sostener nuestros estado del bienestar. ¿Quien va a pagar nuestras pensiones en el futuro? ¿Quien va a pagar nuestra deuda pública, ahora engrandecida por la crisis de la COVID19?

Ante la incertidumbre de las elecciones norteamericanas

Los medios de comunicación echan humo tratando de dilucidar cuál será el resultado de las elecciones del próximo martes 3 de noviembre. No solo los EEUU sino todo el mundo nos jugamos mucho, porque no deja de ser el país que hoy por hoy domina el planeta desde casi todos los puntos de vista. Incluso, teóricamente, desde el plano democrático.

Lo que están evidenciando, más que nunca, es que es un país dividido que se arriesga a entrar en un estado de virtual (esperemos que no real) guerra civil después de las elecciones, sea cual sea el resultado.

Yo me pregunto (muchos lo hacemos): ¿cómo ha llegado ese gran país a esta situación? No hablamos de una pequeña república sudamericana o africana, sin instituciones consolidadas, empobrecida, con bajos niveles de educación, sino de la mayor economía del mundo, cuna de las mayores multinacionales y de la mayoría de los premios Nobel.

Por si no teníamos suficiente con el terremoto provocado por la pandemia, ahora tenemos el terremoto de la política norteamericana, convertida en una potencial república bananera.

Espero y deseo que las aguas de la política norteamericana vuelvan a su cauce y que ese sea el preludio de una solución a la COVID19 y de un año 2021 de vuelta a la normalidad.

Y aún así, habrá que resolver los problemas de fondo si no queremos que se repitan: Los líderes políticos yanquis han de tender puentes entre estados, razas e ideologías, y reducir la brecha entre campo y ciudad y entre ricos y pobres. Solo así se evitará el peligro de un nuevo Trump. Y el mundo habrá de prepararse mejor para hacer frente a la siguiente pandemia, reforzando la sanidad y cuidando el entorno y recuperando la naturaleza.

Grandes problemas por delante que quizás son la manera en la que el destino nos obliga a enderezar nuestro rumbo como civilización.

Los ciudadanos y los mercados financieros hemos de ser conscientes de que estamos en un momento crucial, en el que hemos de reinventarnos y cambiar radicalmente hacia un mundo más justo y más sostenible.

«No hay mal que por bien no venga».

¿Bendito COVID19? (I)

Nadie duda de que la Covid19 ha sido una maldición para el mundo en este aciago 2020. Pero ya he comentado en algún post reciente que hay que buscar lo positivo entre lo negativo, y la Covid también nos traerá cosas positivas; básicamente porque va a acelerar cambios que quizás no eran posible antes y que el uso de las tecnologías de comunicación a distancia nos permite abordar ahora.

Me planteo empezar una serie de post con el mismo título sobre aquello que esté viendo o escuchando que puede ser un cambio positivo que nos traerá el coronavirus.

El primero de la serie lo he oido hoy en un webinar de la escuela de negocios ESADE y es el siguiente:

Va a permitir a las universidades y escuelas de negocios pasar a dar las clases magistrales (hasta ahora presenciales en auditorios abigarrados) a través de Internet, sin desplazarse, cada uno en casa, e incluso con posibilidad de seguirla en el momento que le sea más cómodo al alumno. Ello supondrá que el mejor profesor dará su clase (online o grabada) para todos los alumnos del mundo que estén matriculados, que la podrán seguir cuando les vaya bien. E incluso repetirla cuando quieran para fijar mejor los conceptos tratados.

¿Acabará eso con las clases presenciales? No. Las clases magistrales se complementarán con clases individuales, o más probablemente con clases de profundización o prácticas en grupos reducidos, impartidas quizás por profesores de un perfil diferente al del gran maestro, pero más participativas.

¿No es un gran avance en el modelo de formación universitaria?

UBS es optimista sobre la economía y los mercados

Acabo de asistir a una video presentación del banco suizo UBS sobre las perspectivas de la economía y los mercados que me ha sorprendido positivamente por lo optimista que ha sido.

Creen que en 2021 se recuperará la movilidad plena, que la recuperación económica ya se ha iniciado, al margen de que a corto plazo queden incógnitas políticas por resolver, como las elecciones norteamericanas o el Brexit. Aunque son optimistas también respecto a ambas, porque creen que le irá bien a la economía gane quien gane, y que el Brexit se resolverá en noviembre. Ambas cosas serán un impulso para las bolsas, según ellos.

En 2022 ven sin duda que el PIB mundial se habrá recuperado, con Asia por delante, eso sí.

Y son muy optimistas respecto al futuro de las bolsas, que no consideran caras, porque creen que los bajos tipos de interés y las expectativas de crecimiento de los beneficios empresariales dan margen a la mejora de los actuales valores.

Toda una música celestial para los inversores. Dios los oiga.