Futuro

Las crisis sacan lo mejor y lo peor de nosotros

Esta crisis, como todas las crisis, nos está poniendo a prueba.

Está poniendo a prueba los modelos de negocio y está poniendo a prueba nuestra capacidad como gestores y la del equipo humano del que nos hemos rodeado. Es ahora cuando nos damos cuenta de que en la época de vacas flacas fichamos a gente que no estaba a la altura de los retos que nos planteábamos, y ahora no responden con la eficiencia requerida ante la crisis, nos damos cuenta de que deberíamos haber prescindido de ellos hace tiempo. También nos damos cuenta de que tenemos clientes de los que también deberíamos haber prescindido. Y lo más duro de digerir es que nos damos cuenta, en lo más íntimo de nosotros mismos, que no éramos tan buenos gestores como creíamos. Que el rumbo de nuestras empresas no era tan acertado, que la solidez de nuestro equipo deja mucho que desear, que la eficiencia de nuestros procesos, ahora que hay ponerlos a prueba de verdad, no está a altura de las circunstancias.

Superar esta crisis nos dará mucho trabajo, pero nos ayudará al menos a ser más humildes, y a empezar desde cero en muchos aspectos de nuestro quehacer diario. Si es que nos quedan ánimos y recursos.

Escasea la esperanza

En estos momentos escasea una de las tres virtudes capitales que nos enseñaron a los que estudiamos el catecismo en la escuela: la esperanza. Las otras dos son la fe y la caridad, que también escasean.

Hemos de volver a recuperar esas virtudes, simples y claras, potentes como un obús, que hemos abandonado en estos momentos duros y difíciles en tantos y tantos países. Parece un sermón, pero es como lo siento, sentimentalismos y religiones al margen. Sólo teniendo fe y recomponiendo la esperanza, podremos salir de esta convulsión de cambio y de crisis del modelo anterior en la que estamos.

Nos corresponde a los empresarios poner nuestro grano de arena para que crezca la montaña de la esperanza, ahora tan pequeña.

Si no hay emprendedores no hay riqueza

El motor de la economía son los empresarios. Sin empresarios no hay nada. Son ellos los que tiran de todo: empleados, directivos, bancos, servicios, etc. Incluso los funcionarios no son nada si no hay empresarios, aunque a veces los funcionarios se crean que son ellos los más importantes. Incluso los inspectores de hacienda o los de trabajo no tendrían nada que hacer sin empresarios.

No niego que haya empresarios que destruyen a la vez que construyen, pero son la minoría, y el mercado acaba apartándolos. La mayoría arriesga su dinero, su tiempo y su prestigio en proyectos en los que creen.

Necesitamos a esos “locos”.

Hoy en día, al menos en España, apenas hay nuevos empresarios. O empresarios establecidos que emprendan nuevos proyectos. Son las consecuencias del “miedo”. Un miedo que nos hace a todos más razonables. Quizás demasiado razonables.

¡Maldito apalancamiento!

“Dadme una palanca y moveré el mundo” dijo Arquímedes.

 El apalancamiento (la financiación de la compra de activos con crédito) es un instrumento esencial para la aceleración del movimiento económico, y es lo que justifica la existencia de los bancos.

El apalancamiento es bueno, pero el exceso de apalancamiento es peligroso. De hecho la burbuja inmobiliaria mundial está haciendo más daño por culpa del apalancamiento. El apalancamiento contribuyó a crearla y a acelerarla.

Pero ya se acabaron los días de vino y rosas en los que se trabajaba con apalancamientos del 80, 90, 100 y hasta más de 100% del valor de los activos.  Los bancos los aceptaban, y los empresarios estaban encantados de abordar sus proyectos así. Ponían poco dinero en sus empresas. Las rentabilidades de los capitales que invertían eran así más altas. Los ciudadanos conseguían hipotecas y créditos al consumo, multiplicando su ahorro por mucho más de lo razonable.

¡Se va a producir un cambio estructural en los ratos de apalancamiento! Se va a volver al 50 ó 60% como máximo.  Ya se está viviendo, de hecho, esa situación. Es lo que explica en parte la situación de escasez de crédito bancario que sufren muchas empresas, porque la banca ya no acepta prestar a quienes tienen una deuda financiera superior a sus fondos propios, como lo hacía hasta ahora.

Volver a la ortodoxia

 

“Para salir de esta crisis cada uno se habrá de despabilar”, decía Salvador Alemany, consejero delegado de ABERTIS en ESADE hace unos días.

“Y habrá que volver a la ortodoxia”, decía también. Coincido con tan acertado profesional, a quien conozco y admiro, y para quien he tenido el privilegio de trabajar como consultor, en que hay que volver a la ortodoxia. Algo que esta sociedad había olvidado, e incluso menospreciado. Tanto en las administraciones públicas, como en el ámbito privado, el de las empresas y las personas.

Ortodoxia entendida como equilibrio, entre el gasto y el ahorro, y a la hora de invertir o financiarse. No mucho más, ni mucho menos.

Hoy no quiero hablar de la crisis

Aunque la reciente entrevista al Profesor Niño Becerra en el diario La Vanguardia de Barcelona me ha puesto los vellos de punta.

El profesor sigue defendiendo que lo peor está por llegar y que la crisis de verdad será del 2010 al 2012, y que permaneceremos estancados hasta el 2015, y que no podremos hablar de recuperación hasta el 2018 ó 2020. ¡Un escenario dantesco, sin duda alguna!

Es posible que el profesor tenga razón, pero yo no estoy dispuesto a quedarme con las manos quietas. Me rebelo ante la posibilidad de un escenario así. Y aunque fuera posible, creo que la reacción de todos lo ha de evitar. Resignarnos a que fuese imposible evitarlo sería alimentar las posibilidades de que ocurriera.

La cuestión la veo así: ¿nos rendimos o nos rebelamos?

Animo a todos a la rebelión. ¡Es la guerra! Si hemos de caer, que sea con las botas puestas.

Cosas buenas que nos traerá esta crisis

Creo que esta crisis, como todas, traerá cosas buenas una vez la superemos. Algunas de esas cosas ya podemos vislumbrarlas, y nos dan una pista de por donde saldrá la crisis, y de qué apuesta personales hemos de hacer si queremos salir reforzados de la misma.

Yo ya he hecho una lista de siete cosas:

1. Los consumidores consumirán menos y ahorrarán más.

En los últimos años el consumo estaba desbocado y el ahorro cayó a niveles bajísimos. En gran parte estamos pagando las consecuencias de ese exceso.

La crisis va a cambiar esos hábitos. Por devoción o por obligación. Y será bueno para todos. Aunque a corto plazo duela.

2. Todo el mundo se preocupará de comprar mejor. Tanto los consumidores como las empresas.

Todos vamos a mirarnos más los precios. Las empresas se van a ver obligadas a dar más por menos. Y eso forzará hacer un esfuerzo adicional por reducir los costes, por ser más originales e innovadores, por recortar lo innecesario y por optimizar los procesos.

En esa tendencia hasta se reducirá la dependencia mundial de China, lo cual a la larga es bueno.

En esa tendencia también se explica el auge de la marca blanca, de la que es ejemplo Mercadona, también en su esfuerzo de reducir precios, reducir gana de productos para quedarse en lo esencial, y reducir costes.

El cliente, en definitiva, reclama más por menos. Se acabó pagar sin preguntar. Pagar por cosas que no valora. Pagar por lo innecesario. El cliente quiere pagar por lo que relamente valora. Y pagar, en definitiva, menos. Es el fenómeno “low cost”. Aunque podríamos llamarlo mejor “fine cost” (precio justo).

Los consumidores mandan hacer las cosas de forma diferente y las empresas se han de poner las pilas. Apple e IBM se las han puesto. ¿Lo ha hecho Microsoft?

Pero eso es bueno. Obliga a innovar y a ahorrar. En definitiva a ser mejores.

3. Será más fácil contratar y retener al personal cualificado.

Después de años de perseguir al talento, escaso y caro, la crisis devolverá al mercado del talento un cierto equilibrio. Y eso será bueno para la economía.  La inflación de sueldos se limitará.

Con el boom de los últimos años se había llegado a sueldos de escándalo entre los directivos y especialistas de sectores como el inmobiliario, la construcción, los medios o la publicidad, y en general en todas las grandes empresas. Por no decir en el sector financiero avanzado o el inmobiliario, que en gran parte han sido los culpables de la crisis.

4. No habrá otro remedio que ser global.

Sólo sobrevivirán los negocios que planteen su estrategia de forma global, para exportar, para importar,  para contratar colaboradores, para establecerse, para producir, … El mundo es plano.

5. Las fusiones de empresas serán más fáciles que antes.

La crisis ablandará los egos y relativizará los precios de empresas que hasta ahora ni se planteaban una fusión o una venta.

Por otro lado, las firmas de capital riesgo ya no serán un problema, porque van a estar muy quietecitas por un tiempo.

Se producirán acercamientos, como el de Fiat y Chrysler, que pueden acabar en fusión en un futuro.

6. Lo “verde” recibirá un impulso decisivo.

Entraremos definitivamente en el siglo verde.

Verde en generación de energía y en ahorro de energía. Todos los sectores se reconvertirán en verdes: hostelería, transporte, automoción, construcción, aislamientos, residuos, ingenierías, etc. etc.

7. El petroleo dará un respiro.

El precio del petroleo volverá a niveles razonables, y seguirá allí durante un tiempo, facilitando la salida de la crisis. Todo ello hará más digerible el final de la era del petroleo, aunque no nos ahorrará alguna crisis más cuando allá por 2030 se empiece a gotar de veras y quizás no tengamos sustitutivos suficientes.

8. El coste del dinero será bajo.

Estamos ya viviendo tipos de interés extraordinariamente bajos. Aunque los diferenciales son altos, acordes con la percepción de riesgo sistématico global tan alto. Cuando el riesgo pase a percibirse de forma normal quedarán unos tipos muy bajos, que favorecerán el retorno de la inversión.

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Espero que mis lectores coincidan en que esta lista lanza un poco de optimismo a largo plazo sobre esta complicada crisis.

¿Cuándo sacaremos a los bancos de la UVI?

La banca, tanto en España como en otros muchos países, está en situación crítica. La caída vertical en el valor de la mayoría de activos, así como en aumento de las primas de riesgo, está socavando sus cuentas de resultados como si fuera un virus que corroe y para el que no se encuentra remedio.

Mientras no se encuentre una medicina efectiva que acabe con la enfermedad de los bancos y que los ponga en una fase real de recuperación, no podremos empezar a respirar tranquilos. Porque no sólo son ellos los que están en peligro de hundirse (algunos ya lo han hecho) sino que su enfermedad amenaza con llevarse por delante a todo el tejido empresarial. Sobre todo el industrial, que es el que tira de la economía de muchos países.

La fiebre de la banca está provocando una fiebre posterior y quizás más seria en la industria. Las empresas industriales se hunden irremisiblemente una tras otra. Algunas porque son débiles, otras porque son pequeñas y no pueden superar los elementos.

Estabilizar al enfermo bancario y asegurarnos de su supervivencia es algo esencial a corto plazo. Sólo así veremos como se supera el cansino ritmo al que actualmente se producen las concesiones de créditos, y como vuelve una parte de la confianza perdida en la economía por parte de los ciudadanos consumidores.

Solucionar el mal que ya hecho esta crisis en la confianza de los consumidores y en general en la de todos los agentes económicos no es nada fácil.

Como la economía es el resultado de las expectativas de los agentes económicos, hasta que éstas no se recuperen no empezará a vérsele una salida a esta situación que vivimos.

 

 

El CEO de General Electric repite mis recientes afirmaciones

Me ha halagado leer en el diario Expansión de ayer que Jefrey Immelt, el sucesor de Jack Welch en General Electric afirmaba en una reciente visita a España que (más o menos) “la presenta crisis favorecerá un cambio bastante drástico en el modelo económico que hemos vivido hasta ahora”. Es decir, exactamente lo que escribía en este blog hacia unos días.

Apuntes a esta crisis de cambio de siglo (4): ¿Qué hace que se imponga la necesidad de un cambio drástico?

Los modelos de actuación política, social, fiscal y económica del siglo XX se agotan con esta crisis. Se impone cambiarlos, regenerarlos, por unos esquemas innovadores propios del siglo XXI. Adaptados a una realidad que es global, digital, y en la que se diluyen y confunden los conceptos de 1er, 2º y 3er mundo (solo hay un mundo) en la que se imponen los valores del respeto a la persona, de la familia, del tiempo personal y del respeto al medio ambiente, entre otros.

Muchos sectores están asentados en modelos insostenibles: de exceso de capacidad y de propuestas de productos o servicios que no encajan con los nuevos valores. Podemos citar muchos:

  • El sector del automóvil es obvio debe producir menos vehículos, que consuman menos petróleo y contaminen menos.
  • Las líneas aéreas no son sostenibles con la frecuencia de vuelos y los volúmenes de consumo y contaminación actuales.
  • Los paquetes vacacionales a grandes distancias no tienen sentido.
  • Los diarios de papel no tienen sentido.
  • Las inmobiliarias que desarrollan sin respeto por el medio ambiente grandes urbanizaciones en parajes naturales no tienen sentido.

Hay que afrontar el desarrollo de un nuevo modelo:

  • de vida personal, en todas las fases de la vida:
  • de niño
  • de adulto
  • de jubilado
  • de familia (de relaciones interpersonales)
  • de pueblo
  • de estado
  • de sociedad
  • de empresa

Hay que buscar un nuevo equilibrio de la persona, en una sociedad más equilibrada. Las nuevas generaciones no son consumistas, y no se dejan embaucar. Buscan una vida sostenible y equilibrada. El dinero, la acumulación de riqueza, no es su dios. Persiguen tener paz, tiempo para desarrollarse como personas. Prefieren el tiempo al dinero.

Las nuevas empresas van a ser cada vez más virtuales y más globales. Virtuales porque se concentraran en el talento y las competencias clave. Harán una cosa de forma excelente. Externalizarán todo lo que no sea vital a su negocio. Desdeñarán tener edificios, naves, o grandes plantillas. Su foco será hacer bien las cosas y ganar dinero, pero con poco equipo, bien preparado y cohesionado. No se necesitará ser el más grande para ser el líder, y vender un servicio o un producto excelentes. Al contrario, los mamut han pasado a la historia.

Muchos sectores romperán los manuales de hacer negocio que han seguido como sus biblias hasta ahora. Y habrá empresas que se lanzarán a cambiar, aún conscientes del riesgo, y otras que se esconderán en su coraza, temerosas del cambio, negándolo con fuerza hasta que la realidad los venza.

Estamos ante un momento crucial. Gigantes como General Motors están apunto de quebrar. A la vez aparecen fábricas de automóviles totalmente innovadoras patrocinados por Google (¿Google en el automóvil? Pues si). No hay límites. Empieza ahora, de verdad, el siglo XXI.

¡Es el final de los dinosaurios!