El legado de Arthur Andersen

Alibabá, ¿y los 40 ladrones?

Todos estamos impactados por la llegada a la bolsa de Alibabá, que ha batido todos los récords.

Todo son beneplácitos y  halagos a la figura del fundador y a la potencia del negocio de la empresa y sus perspectivas color de rosa.

Sólo hay un pero: como la mayoría de empresas chinas, no respeta ni de lejos las reglas básicas del gobierno corporativo, empezando por la falta de transparencia. Ya se han levantado algunas voces en los Estados Unidos que denuncian esta situación.

Es por eso que me pregunto: ¿dónde estarán los 40 ladrones que acompañaban a Alibabá en el cuento?

A vueltas con el gap de expectativas de la auditoría

El reciente fiasco de Gowex en la bolsa española ha vuelto a sacar a la palestra la cuestión de cuál es el papel de los auditores, porque los inversores y toda la sociedad se preguntan para qué sirven los auditores si una empresa puede falsear sus cuentas como lo ha hecho Gowex, y no hace mucho Pescanova, y tantas otras.

La verdad es que es un problema endémico que no acertamos a resolver.

Los auditores se defienden diciendo que el objetivo de la auditoría de cuentas no es descubrir estafas o falsedades, que ellos comprueban que la contabilidad se lleve de acuerdo a los principios contables y se limitan a reclamar las evidencias que les exigen sus procedimientos. Que la responsabilidad de la información que se les proporciona, y en base a la que hacen la auditoría, es de los directivos de la empresa. Pero la realidad tozuda es que eso no basta, y que las cosas no pueden seguir así. Hay que buscar soluciones y ya.

Por ejemplo, quizás haya que hablar de dos tipos de auditoría, una simple, formalista, que sería la que se hace ahora, y una de profundidad, indagadora, orientada a la detección del fraude y en la que el auditor asuma una mayor responsabilidad en caso de no detectar ese fraude.

Es poco probable que esa segunda auditoria se lleve a cabo en las empresas no cotizadas, pero en las cotizadas debería ser obligatorio. Seguramente su coste sería más alto que el de la auditoría actual, pero merecería la pena, si se quiere devolver la confianza a los mercados, ahora perdida.

Una cuestión capital es quien encargaría y pagaría esa auditoría plus (que por cierto podría ser complementaria de la normal). Yo creo que no debería ser la propia empresa auditada quien escogiese el auditor y le pagase. Sugiero que sean, por ejemplo al 50%, los organismos reguladores y los propios mercados. En España me estor refiriendo a la Comisión Nacional del Mercado de Valores (CNMV) y Bolsas y Mercados Españoles (BME).

¿Para qué sirve una auditoria si pasan casos como Pescanova?

Supongo que muchos ciudadanos se hacen esta pregunta. Yo me la hago.

Supongo y espero que BPO, el auditor de Pescanova, deba responder de cuál ha sido su responsabilidad en este fiasco empresarial (uno más en la historia económica de nuestro país).

También, una vez más demuestra que los entramados de sociedades, los grupos complejos con operaciones cruzadas, como era éste, como lo fueron otros tantos que acabaron en escándalos financieros, como la famosa Enron que hundió a Arthur Andersen, deberían ser considerados como “de especial riesgo” en al argot auditor, y deberían ser supervisados con especial énfasis por los reguladores de los mercados bursátiles.

Aprovecho para recomendar a mis lectores el libro Cómo pasar la primera auditoría, de Marta Granyó, recientemente editado por Libros de Cabecera, que toca este y otros interesantes temas alrededor del papel de los auditores. Pueden encontrarlo en www.librosdecabecera.com, y en breve en las principales librerías de España. Y con un decalaje de uno o dos meses, en las de Latinoamérica.

Una cruzada ética

He hecho negocios desde siempre. Soy empresario y consultor/asesor de empresas desde hace más de 30 años. Y puedo decir con orgullo que nunca he pagado ni recibido una comisión bajo mano.

Sin embargo esa no es, por desgracia, la norma.

Sin ir más lejos esta semana pasada me enteraba de que un empresario al que habían comprado un solar le pedían una comisión los directivos de la caja de ahorros que se lo había comprado. Una caja de ahorros actualmente intervenida y nacionalizada.

Espero que mis lectores estén de acuerdo conmigo en que es una vergüenza y un cáncer para nuestra sociedad.

Los accionistas, los consejos de administración, deben asegurarse de que sus directivos son éticos. Y la mejor manera es conocerlos a fondo. Saber cuál es su trayectoria personal y profesional, saber qué hacen fuera de la empresa, saber si su patrimonio y sus gastos son acordes a sus ingresos, hablar con ellos más allá del entorno empresarial. En definitiva, hacer un esfuerzo por conocerlos, y si hay la menor sombra de duda, sacarlos de puestos de responsabilidad.

Está claro que, además, esa es una batalla de la sociedad, que debe ganarse desde la calle, desde las escuelas, desde los medios de comunicación.

Solo así seremos algún día un país creíble y de prestigio. Es ahí donde está la frontera entre el primer y el tercero mundo.

Deloitte provoca la salida de Rato y la nacionalización de Bankia

Me ha recordado cuando Arthur Andersen (que pasó a ser Deloitte en España) provocó la nacionalización de Rumasa. Las grandes firmas de auditoría (como es Deloitte) justifican su existencia, su prestigio y su alto caché con acciones como ésta.

Mi felicitación a Deloitte, que devuelve parte del prestigio perdido a una profesión a menudo vilipendiada.

Palabras del fundador de IKEA válidas hoy en día

Del libro La historia de IKEA que estoy leyendo destaco la siguiente frase del fundador de la empresa Ingvar Kamprad:

Lo único que puede otorgar a la inmensa mayoría un buen estándar material es una amplia actividad empresarial; que haya empresarios obsesionados por proveer a un mercado. Es fácil que quienes triunfan y utilizan su éxito para abusar de su dinero y llevar una vida de lujo despierten la aversión general. Pero también es fácil olvidar que la mayoría de empresarios son como la mayoría de la gente, viven una vida normal, con relativa sencillez, invierten la mayor parte de su riqueza en desarrollar su empresa, y suelen desear que la siguiente generación continúe ampliándola, Yo soy uno de ellos.

A quienes siempre andan criticando a los empresarios, me gustaría preguntarles: ¿cuál es la alternativa?

La religión IKEA

Estoy leyendo La historia de IKEA, un libro escrito por el fundador de Ikea, el sueco Ingvar Kamprad, y un amigo muy próximo. La verdad es que no es un gran libro, pero reconozco que me ha enganchado, sobre todo porque he descubierto cosas interesantes de la empresa y de la personalidad de Kamprad (que es decir lo mismo).

Entre otras, que Kamprad ve Ikea (con 85 años aún vive) como una religión. Lo cual me ha hecho pensar en mi libro El legado de Arthur Andersen, en el que mi colega Carmelo Canales y yo explicábamos que Andersen era también como una religión. Y también he encontrado paralelismos entre las figuras de Kamprad y Arthur Andersen, el fundador de la extinta firma de auditores y consultores (por cierto, de ascendencia nórdico europea).

Con el permiso de mis lectores, iré comentando en sucesivos posts lo que me voy encontrando en el libro.

Firma de ejemplares

El sábado, Día de Sant Jordi, firmaré ejemplares de mi libro EL LEGADO DE ARTHUR ANDERSEN (escrito a medias con Carmelo Canales) en el puesto de la editorial LIBROS DE CABECERA en la Rambla de Catalunya, frente al número 53. Me encontrareis allí a cualquier hora del sábado. ¡Os espero!

¿Tienen algunas grandes firmas de auditoría una política de RRHH?

O si la tienen, ¿la llevan a la práctica?

Yo creo que no, por lo que veo en casos próximos. Estoy viviendo de cerca el caso de una de las Big Four, y mi impresión es que sus profesionales, al menos los más jóvenes, están más abandonados que nunca. Creo que la crisis no les exime de gestionar a las personas.

A vueltas con el final de Arthur Andersen

Enrique Alvarez, ex socio de Arthur Andersen y presidente de la firma en España durante la década de los 90, con quien los autores de El legado de Arthur Andersen contactamos al redactar el libro, pero sin conseguir que nos ofreciese su testimonio, ha querido ahora, pasado un año desde la publicación del libro (en la editorial Libros de Cabecera) escribir un par de artículos (1, 2) en Libertad Digital que recomiendo a mis lectores si están interesados en el proceso de desaparición de Arthur Andersen.

Enrique describe, con el detalle y el rigor que le es propio, el proceso que llevó al final de Andersen, ampliando, completando e incluso criticando el contenido de nuestro libro. Sus artículos son un complemento magnífico de lo que explicamos en el libro. Enrique nos ha hecho el honor, además, de dar como referencia los principios del modelo Andersen que describe el libro. Que los asuma como propios una persona que fue testigo de excepción del universo Andersen, nos satisface sobremanera tanto a Carmelo Canales como a mi.