Crear una empresa y acertar en el modo de que arranque, de modo que se eleve y tome aire, es literalmente igual que el proceso de hacer que despegue un avión.
Hay que escoger el avión y el aeropuerto. El piloto ha de conocer ambos. El emprendedor ha de saber unos mínimos para pilotar una empresa, y ha de meterse en un campo donde conozca unas mínimas referencias.
Hay que revisar el avión antes de ponerlo en marcha. Las alas, los mandos, los motores, han de estar bien. Estos últimos han de tener la potencia suficiente para el despegue. Hay que vigilar el peso. Con un excesivo peso no se consigue despegar. Incluso puede se peligroso, y que el avión se estrelle al intentarlo.
Igualmente un emprendedor ha de estudiar bien su proyecto, y dotarlo de los recursos mínimos para que el despegue sea posible. Recursos humanos, infraestructura, acuerdos, etc. Si el equipo no tiene la fuerza suficiente, mejor no intentarlo. No se despegará. Si los recursos son excesivos, puede que la empresa no despegue.
Hay que saber escoger la pista, tener el pulso firme y dar la velocidad adecuada al avión. No es fácil. Los pilotos son profesionales bien pagados. Los emprendedores deben ser buenos gestores, o rodearse de quienes lo sean. El gestor es el piloto de la empresa. Sólo un buen gestor la hará despegar.
El despegue exige un recorrido de rodadura mínimo, para tomar impulso. No hay empresas “helicóptero”. Cuando se arranca se lanza la nueva empresa a tumba abierta. Es la primera vez que se vuela con aquel avión. No sabemos si despegará. Puede que no. Cuanto más difiera del resto de aviones que ya están volando, más difícil será ponerlo en el aire. Pero si se consigue, será más fácil el éxito. Los aviones que llevan su propio rumbo no colisionan con el resto. Las empresas que ofrecen productos distintos a clientes distintos, no compiten con las demás. Se posicionan en lo que ahora se ha dado en llamar un “océano azul”. Un mercado para ellas solas. El paraíso.
Pero hacer que despeguen las empresas innovadoras es lo más difícil. Es como Leonardo Da Vinci tratando de hacer volar sus inventos.
En cualquier caso, el momento del despegue es el más delicado y peligroso del viaje en un avión. Y lo mismo en el trayecto vital de una empresa. De hecho, son pocos los aviones que se estrellan al despegar, y muchas las empresas que se estrellan en el arranque.
La mayoría porque no alcanzan a tomar el ímpetu suficiente. Otras porque se cargan de demasiado peso desde el inicio, y sus motores (sus ventas y su margen bruto) no pueden con ese peso, con esa estructura.
Yo he vivido y vivo permanentemente con ejemplos de lo que digo.
Seguro que muchos de mis lectores han experimentado lo mismo.
Habría que crear una escuela de pilotos emprendedores. Quizás así reduciríamos algo la altísima mortandad de nuestras nuevas empresas.