Personal

Del CEO al CFO

El Director Financiero (CFO) se consolida en estos momentos como el nº 3 del organigrama empresarial. El nº 1 es el CEO, el nº 2 es, en general, el COO (el director de Operaciones o Chief Operations Officer), y el nº 3 suele ser el CFO (Chief Financial Officer).

¿Alguna vez nos tomaremos el tiempo en serio? ¿Por qué los españoles (los latinos en general) somos tan impuntuales?

No nos tomamos el tiempo en serio. No sabemos o no queremos gestionarlo.

Siempre hay excepciones (creo que yo soy una de ellas), pero son excepciones que confirman la regla.

Me pasa continuamente, pero esta semana lo he sufrido tanto en un evento profesional (la conferencia final de un congreso de economistas) como uno personal y de asueto (una salida de un club 4×4).

En los eventos del todo tipo que implican la reunión de varias personas para seguir un programa de actividades (visita, excursión, seminario, curso, charla, conferencia, presentación, etc.), los españoles somos el colmo de la ineficiencia y la indisciplina. Robamos tiempo a nuestros amigos o colegas, sin tener sentimiento de culpa alguno.

Es una cosa muy seria porque redunda en un malfuncionamiemto del país, tanto a nivel profesional y empresarial como incluso social y familiar. Gran parte de nuestro problema de horarios y de falta de conciliación familiar empieza ahí: no nos tomamos el tiempo en serio. ¡Y es un elemento clave en nuestros bajos índices de productividad! A veces nos referimos a los alemanes como el summum de la productividad, pero no nos damos cuenta de que lo que hacen para conseguirlo son cosas más sencillas de lo que nos pensamos; por ejemplo: se toman la puntualidad en serio. La pérdida de tiempo, la pérdida de productividad que sufrimos como consecuencia de la mala gestión del tiempo compartido, es la causa principal, creo de nuestra debilidad empresarial. Es una cosa que sorprende a los extranjeros cuando conviven con nosotros. Es un estigma que sufrimos como país, del mismo modo que sufrimos el estigma de “la siesta”.

Curiosamente, no es por falta de capacidad, porque los españoles que viven o trabajan en países que se toman en serio la gestión del tiempo, se adaptan perfectamente, por regla general, a ello. Es decir, poder podemos, pero nuestra “cultura” nos aboca a la situación en la que nos encontramos. Para los que nos tomamos en serio la gestión del tiempo, no es un entorno fácil en el que vivir, se lo aseguro.

Pero, repasemos qué hacemos mal.

Planteamos mal los eventos (o no  los planificamos en absoluto)

Empezamos planteando mal los eventos. Quienes los organizan no saben plantearlos, principalmente porque no se ponen a pensar en serio sobre el tiempo y quieren meter demasiadas actividades, que después será imposible realizar con calma, o que habrá que cancelar. En resumen, el evento quedará deslucido. Queriendo hacerlo bien, lo habrán hecho mal.

  • Programan su inicio demasiado tarde. por ejemplo a las 10 de la mañana, un evento que queremos que acabe a las 2 de la tarde y en el que hemos metido demasiadas actividades, o actividades cuya duración ya se ve que hará imposible acabar a las 2. Si creemos que no será posible que el grupo acuda antes, aligeremos el programa.
  • Calculan mal los tiempos de cada actividad e incluso los tiempos de las pausas intermedias. Casi siempre se quedan cortos. Y el déficit de tiempo se va acumulando. Todo el mundo acaba estresado: organizador, ponentes y audiencia. ¿Cuántas veces lo ha experimentado Ud. mismo, querido lector? Quienes hemos tenido el privilegio de asistir a un evento organizado en los Estados Unidos sabemos que es posible alcanzar la excelencia en este ámbito.
  • No se preocupan de hablar con los ponentes o los organizadores para asegurarse de que su actividad o charla cabe en el tiempo asignado. ¿Cuántos hemos visto como una persona o actividad que tenía asignados 30 minutos consume una hora?
  • No entienden las reglas básicas de la comunicación que dictan, por ejemplo, que a mayor número de personas implicadas en una actividad, más tiempo necesario para llevarla a cabo. Por ejemplo, en el congreso al que asistí esta semana, había un panel de 6 personalidades, moderado por un periodísta, que debían hablar de las conclusiones en sus ámbitos de un estudio sobre la economía catalana. ¡Les habían asignado en total sólo 90 minutos! Como el evento llevaba casi una hora de retraso, quisieron acortarlo y todos acortaron sus exposiciones al máximo, descafeinando totalmente la charla y descontentándolos a ellos mismos y al público. ¡Y aún así, consumieron 105 minutos!
  • Del mismo modo, si el ponente va a utilizar transparencias de un PowerPoint, deben saber que el promedio de tiempo dedicado a cada transparencia nunca baja de 3 minutos, y lo normal es que sea de unos 5 minutos. Si alguien tiene 20 transparencias, ¡no acabará antes de una hora! Y no digamos si aparece con 30 o más, como les pasa a muchos. Obviamente, hablamos de medias, y habrá que ver qué tipo de transparencias va a utilizar.
  • Tienen miedo a quedarse cortos, y debería ser al contrario. Quedarse cortos (gestionar un programa holgado) da tiempo a lo más interesante de un evento: la interacción. Nuestra cultura es de ponencia (uno habla o hace y los demás escuchan); la cultura anglosajona es de interacción (uno habla poco y fomenta que la mayor parte del tiempo hablen los demás e interactuen).

Gestionamos mal los eventos (o no los gestionamos en absoluto)

Además de planificarlos bien, también hay que gestionarlos sobre el terreno. Ahí también cometemos muchos errores.

  • No hacemos que se inicien con puntualidad.
  • No cortamos a los ponentes u organizadores de actividades que se exceden en el tiempo asignado.
  • No reanudamos el evento puntualmente después de una pausa.

En general no respetamos a los que son puntuales y con ello premiamos a los indisciplinados. Es un círculo vicioso. Si ser indisciplinado no tiene penalización, nunca dejarán de serlo. Incluso provocaremos que algunos disciplinados dejen de serlo.

Obviamente, un pequeño margen es aceptable, pero nunca superior a los 5 minutos.

En general somos indisciplinados

Es una cuestión cultural, porque, como vengo diciendo, no nos tomamos la puntualidad en serio. Somos enormemente irrespetuosos con los demás. Y no pasa nada…

  • Para empezar, son los propios gestores del evento, como hemos dicho, quienes no respetan la puntualidad. de algún modo, abren la veda…
  • Pero también hay asistentes que no respetan a los ponentes ni a los que han sido puntuales. No es raro que haya quien llega justo a la hora que el evento debería empezar, o incluso minutos después. ¡Y si ven que el acto no ha empezado se sienten justificados!
  • Incluso a veces hay organizadores o ponentes que no son puntuales, y que no respetan los tiempos asignados. ¡Los hay incluso que no están presentes cuando llega la hora de su intervención! Y son pocos los que se encuentran con un rechazo del auditorio. Con una simple disculpa se quedan tan panchos…

En resumen: un gran problema con una difícil solución, pero alguien ha de dar el primer paso

Todo lo que acabamos de decir conduce a un círculo vicioso en el seno de nuestra sociedad: como no hay respeto por la puntualidad, una parte de la población ya cuenta con ello y no llega a tiempo a los eventos, lo que “justifica” a menudo que, por un pretendido “respeto” se les espere, lo que alimenta la impuntualidad y genera un círculo vicioso del que no conseguimos salir.

Es una cuestión de país, de sociedad. Debemos estar todos convencidos (o la mayoría) t aplicar a rajatabla unas reglas que permitan:

  1. Que los eventos se planifiquen adecuadamente. De forma realista. Y que dejemos de asistir a aquellos que no estén bien planificados. O si asistimos, que expongamos nuestra queja.
  2. Que los eventos empiecen cuando estaba previsto. Con un margen máximo de 5 minutos. Y si no es así, que nos levantemos y nos vayamos.
  3. Que los eventos se desarrollen según el programa previsto. Y si no se cumple, lo abandonemos y expresemos nuestra protesta.
  4. Que los eventos se acaben cuando estaba previsto. Con un margen máximo de 10-15 minutos.
  5. Que los eventos se desarrollen con holgura suficiente de tiempo, sin prisas, con margen para el intercambio de opiniones y pareceres entre los asistentes y entre éstos y los ponentes u organizadores.

No parece difícil, ¿no? ¿Nos ponemos a ello?

 

¿Es tan difícil llevar una agenda y anotar y respetar los compromisos agendados?

Pues parece que sí. Hay personas que no llevan una agenda con sus compromisos y no saben responder de inmediato a quien les plantea un compromiso si tienen disponibilidad o no. Respuestas como “lo he de mirar” o “ya te diré” llegan habitualmente a mis oídos. La consecuencia es que lo que debería ser un asunto resuelto en firme en 30 segundos puede demorar mucho más, o lo que es peor, dejar el asunto en el aire. Todo ello, desde luego, con una pérdida importante de tiempo y productividad. Por cosas así destacamos en negativo los españoles. Resolverlo no exige grandes esfuerzos ni desarrollos tecnológicos. Exige un mínimo de seriedad. A veces aquellos que incumplen de forma flagrante son los primeros que hablan de la escasa productividad de la empresa española, en un ejercicio magno de hipocresía y me atrevería a decir de estulticia.

Pero hay consecuencias de esta actitud que van más allá: la de quien, además, una vez aceptado un compromiso, no lo respeta. No llama, no se presenta a una entrevista, no entrega un trabajo, no asiste a una reunión, etc. Más impactos a nuestra maltrecha productividad y a la imagen de falta de seriedad del español.

Es una actitud que produce un fenómeno que vemos muy a menudo: las llamadas para confirmar un compromiso; sea del que convocó, sea del convocado. Nadie se fia de nadie cuando el virus de la informalidad (no digamos de la impuntualidad, que es un tema para otro debate) se contagia a todos. “Llamo para confirmar que mañana sigue en pie la reunión tal”, es algo habitual, y en muchos casos aconsejable. Debo decir (disculpad mi sinceridad) que cuando alguien me lo recuerda (con una llamada o un correo electrónico, por ejemplo) yo suelo responder de malas maneras (lo reconozco) algo así como “a mi no hace falta que me recuerdes mis compromisos”. Porque yo siempre los cumplo, salvo fuerza mayor, y siempre siempre aviso si no voy a poder asistir. Y si voy a asistir (que es lo que debería darse por supuesto) no digo nada: cuando me comprometí estoy allí como un clavo.

Suena raro, ¿no?, que debamos hablar de esto.

Será que me estoy volviendo viejo. Pero cuando oigo decir que todo nuestro futuro se basa en las nuevas tecnologías, a veces me echo a reir. ¿Por qué no empezamos por lo más básico?

¿Cuál es el futuro del trabajo?

Acabo de leer un artículo en la revista norteamericana Político que me ha reafirmado sobre un hecho que está impactando con fuerza en la sociedad occidental en general y desde luego en España: la degradación del trabajo y sus consecuencias sobre el malestar social general que padecemos, en forma de trabajos basura y desempleo.

Es un tema que toca en profundidad el libro El ocaso del empleo publicado por Libros de Cabecera y del que son autores Jordi Serrano y Santiago García.

Hay hechos irrefutables que indican que el problema es grave y generalizado. Por ejemplo, en Estados Unidos (en España por supuesto) en los últimos 10 años, el crecimiento del empleo ha sido al 100% en trabajos temporales o precarios. Allí empiezan a alarmarse. Aquí llevamos tiempo alarmados.

La cuestión es qué se puede hacer para pararlo, porque es una consecuencia del cambio que nos ha aportado el avance de las tecnologías de la información y la automatización de procesos, que ahora está culminando con la robotización. Y es imparable. Sólo podemos paliarlo, a priori, con una educación que permita al trabajador ponerse al servicio de la tecnología y no contra ella; y a posteriori, con medidas sociales de reeducación y apoyo social.

Está claro que todo trabajador que no aporte un valor intrínseco a su trabajo, sino que pueda ser sustituido por la tecnología (en definitiva las máquinas) o que como consecuencia su trabajo se realice en una parte del proceso de generación de valor que haya dejado de tener demanda, puede ponerse a temblar.

Todo ello incide en un tema que nos debe preocupar a todos, y sobre todo a los jóvenes: hay que estar reciclándose continuamente en esta vida, porque el toro de la obsolescencia nos va perseguir siempre.

Llamada a los empresarios a adelantarse en la reforma del sistema

Leo en Expansión un artículo firmado por Dominic Barton, socio director de McKinsey&Co. en el que aboga por que sean los empresarios quienes se adelanten y abanderen la reforma del “sistema” antes de que lo hagan los gobiernos populistas. Me parece una recomendación acertada, y valiosa viniendo de quien viene. Mi duda es si los empresarios quieren y pueden hacerlo.

Aunque sí que hay aspectos en los que pueden liderar el cambio necesario. Se me ocurren algunos:

– Abandonar la política de ahorro de impuestos a ultranza. Dejar de usar los paraísos fiscales.

– Avanzar en las políticas sociales en sus propias empresas: igualdad de salarios, eliminación o restricción de la subcontratación, ayudas sociales, fomento de las medidas de responsabilidad social corporativa (RSC)…

De hecho la RSC debería dejar de ser un apéndice de la política empresarial para empaparla y diluirse en toda ella.

Una de las claves que apunta Barton es que los ejecutivos dejen de centrarse exclusivamente en el corto plazo y miren más a largo plazo, porque si no lo hacen chocarán de frente con los cambios sociales que nadie será capaz de digerir de golpe y mucho menos de parar.

Lágrimas por José Manuel Lara Bosch

José Manuel Lara ha muerto con apenas 68 años y hoy he derramado lágrimas por él.

José Manuel fue mi primer jefe. A los 22 años, en 1976, entré en Planeta como adjunto al director general, que era el hijo del dueño, él.  José Manuel tenía sólo 30 años (nos llevábamos sólo 8 años).

Me siento un privilegiado por haber podido trabajar a su lado durante 4 años. De hecho, esos años me inocularon la pasión por los libros y por el negocio editorial, que pasados muchos años me llevaron a crear mi propia editorial, un negocio que exige vocación y generosidad.

A pesar de que había heredado la empresa de su padre (el carismático José Manuel Lara Hernández), o quizás por eso, JMLB era un editor de una pieza, una persona brillante que bordeaba la genialidad. Creo no exagerar si digo que era una fuerza de la naturaleza. Recogió la obra de su padre y la elevó a un nivel inusitado, haciendo frente a todos los retos estratégicos que se cruzaban en el camino. Espero que sus sucesores sepan continuar con su legado y engrandarlo al menos al mismo nivel que él lo hizo. Los españoles debemos agradecerle que creara el grupo editorial líder de los contenidos en castellano en el mundo y lo situara entre los 10 mayores grupos editoriales del planeta.

Descanse en paz.

¿Separar el trabajo del resto de la vida es bueno o malo?

Parece que hay una clara coincidencia, últimamente, en que no hay que separarlos. Que la vida es un todo inseparable. Que el trabajo es parte de la vida, del mismo modo que el ocio lo es, o la vida familiar. Que mirar a la vida como un todo holístico es mucho más saludable que hacer separaciones, compartimentos estancos.

Yo creo que están en lo cierto, aunque hay que saber hacerlo, y hay que entrar en los matices. Quizás lo haga otro día.

La delgada línea

Hay un amplio debate entre los economistas norteamericanos sobre si los subsidios a los desempleados pueden llegar a convertirse de subsidios por no trabajar en subsidios para no trabajar. Es decir, si son un incentivo a la holgazanería.

Los políticos de derechas siempre han pensado un poco así, pero ahora se lo están planteando incluso economistas de izquierdas.

Es la cuestión de cuando una ayuda traspasa una delgada línea y se convierte en un chollo, hablando en términos coloquiales, y desincentiva al que la recibe para tratar de dejar de recibirla en algún momento, para dejar de ser merecedor de ella.

En España, por desgracia, se ven muchas ayudas como chollos que no hay que perder, y se hace todo lo posible para no perderlas, cuando debería ser justamente al contrario. Supongo que es así en muchos países. Es responsabilidad de los políticas hacer que no lo sea.

Lidl promueve alimentos asiáticos. ¿Y los productos españoles olvidados?

Vengo a escribir este post llevado por la ira, he de reconocerlo. No es algo normal en mi. Acabo de ver un anuncio de Lidl en televisión en el que promociona alimentos de Asia. ¡En lugar de promocionar alimentos españoles, que los hay y muy buenos, en todos los rincones del país, promociona alimentos del otro lado del mundo!

Tenemos a los productores de frutas con grandes excedentes debido al veto ruso, y tenemos grandes stocks de productos de todo tipo pudriéndose en los almacenes, o vendiéndose a precios ruinosos. Y vendemos productos asiáticos, que sólo para traerlos aquí dejan una huella medioambiental enorme.

Así no es de extrañar que nuestra balanza comercial empeore, como acaba de registrarse en el segundo trimestre.

¿Alguien se encargará de hacérselo saber a Lidl? ¿Los consumidores llegarán a boicotear a una cadena que actúa contra los intereses obvios del país que la acoge?

Así no saldremos nunca de la recesión, no haremos crecer nuestras empresas y no rebajaremos el paro que ahoga a nuestra sociedad…

¿Está la euroesclerosis afectando a los EEUU?

Esa es la pregunta que se hacen en Bloomberg en un artículo que recomiendo a mis lectores, y que encontrarán (en inglés) en el siguiente enlace: http://www.bloombergview.com/articles/2014-08-29/eurosclerosis-comes-to-the-u-s?alcmpid=view

Parece que en los Estados Unidos están preocupados por la evolución del desempleo porque no es oro todo lo que reluce. Incluso reclaman un sistema de aprendices similar al alemán, algo que todos envidiamos, pero que nadie es capaz de replicar al mismo nivel.

Visto desde la perspectiva europea, es penoso ver como no encontramos la fórmula para ligar la recuperación del PIB a una recuperación real del empleo. Y todavía es más descorazonador ver que aquellos países, como EEUU, que considerábamos paladines de la flexibilidad y de la gestión de las crisis, no lo hacen tan bien como pensábamos…

Por útimo destacar que el el artículo citado se refieren a un estudio sobre la UE que comentaré en mi próximo post, pero que parece que valdrá la pena leer.