Sector editorial

La industria editorial necesita que la reinventen

Hace unos días leía un artículo sobre los resultados del mayor grupo editorial español, y en el mismo se indicaba que la dirección del mismo aseguraba que su actividad editorial estaba alcanzando “su período de madurez”, frente a otros negocios, como el audiovisual, que experimentaba un auge.
No estoy de acuerdo con dicha afirmación.
No voy a ser yo quien niegue que el negocio audiovisual ha experimentado un tremendo crecimiento en los últimos años, aunque ahora no exento de amenazas, pero creo que el negocio editorial tienen mucho que decir en el futuro más próximo, si los empresarios son capaces de relanzarlo y, de alguna manera, de reinventarlo.
Reinventarlo en los contenidos, en los formatos, y en los canales. Buscando nuevos autores, nuevas fuentes de contenido, como por ejemplo las empresas. Buscando nuevos formatos, que complementen al papel, como la combinación de papel con el video y con Internet, e incluso replanteando el formato de los libros. Y los nuevos canales de venta, como la gran distribución (hipermercados, supermercados…) o la venta de impulso. O combinando la reseña en diarios, en papel o digitales, con la compra inmediata del libro.
No es fácil reinventar el negocio del libro, pero habrá que poner imaginación para hacerlo.
Eso sí, limitándose a editar más de lo mismo, y a lanzarle al público grandes tomos a 30 euros, de temas que le interesan más al editor culto que al consumidor de la calle, seguro que estamos ante una industria madura. De hecho, creo que estaríamos ante una industria “pasada” más que madura.

Negocio editorial, cosa de artistas o de jugadores.

El negocio editorial, en caso todo el mundo, y en casi todas sus facetas, es un mal negocio.
En especial el relativo a la literatura general.
Siempre me he preguntado porqué se aguanta el sector, e incluso nacen todos los años nuevas editoriales, si su rentabilidad es objetivamente tan baja.
Quizás porque es un negocio con una inversión relativamente baja. Para editar libros basta con tener una idea de producto y buscar autores interesantes a quien publicar o libros publicados en el extranjero que puedan interesar en España y cuyos derechos sean accesibles. Tras una preparación del original y una campaña de promoción, es decir, una inversión relativamente modesta, encargaremos la producción del libro a una empresa de artes gráficas, y acordaremos su distribución con un editor. Ambas nos ayudaran a hacer el lanzamiento sin coste alguno. El distribuidor nos pagará a 60 días según vaya vendiendo, y nos devolverá lo que no venda. Al impresor intentaremos de pagarle a 180 días (porque es un plazo de pago aceptado en el sector). Si el libro va bien y vendemos al menos un 40% de la tirada, ganaremos dinero sin haber puesto apenas nada. El retorno de nuestra pequeña inversión será muy alto.
El problema es que sólo unos pocos libros alcanzan a venderse el 40% de la tirada. Y que, si nuestra editorial crece, es probable que aparezcan diversos costes de estructura que pongan el punto de equilibrio de la empresa en unas ventas medias del 50 al 60% de las tiradas de nuestros libros.
El resultado final: muchas editoriales malviven con beneficios muy magros, y lo hacen gracias al apoyo combinado del sector de las artes gráficas y el de la distribución. Y no es porque dichos sectores sea altruistas, sino que no podrían sobrevivir sin el sector editorial, y se ven atrapados en una rueda, que muchas veces los arrastra a ellos mismos a rentabilidades escasas o nulas, que ponen en cuestión su propia supervivencia.
El éxito llega cuando consiguen editar un superventas, y las tiradas se agotan. Pero muchas veces no es una cuestión de capacidad profesional superior, sino de mera suerte. Es por eso que, como los jugadores en la ruleta, las editoriales lanzan cada vez más títulos, en la esperanza de que uno de los sea el esperado “best-seller”. Y también ello explica porqué muchos best-sellers no los editan las grandes editoriales, que tratan de asegurarse unos beneficios constantes, y que vigilan muy de cerca los costes y los riesgos, sino que son lanzados por editoriales más pequeñas, que hacen apuestas de futuro, a cara o cruz. Los casos de Harry Potter, editado por la casi desconocida editorial inglesa Bloomsbury, o de El Código Da Vinci, publicado en España por la editorial Umbriel/Urano, son paradigmáticos.
Quienes sí que ganan son los autores de best-sellers, como en el caso de J.K.Rowling con Harry Potter. La autora tiene un patrimonio que alcanza cifras astronómicas, y nunca mejor aplicado, que pasa de los €800 millones. Y su editorial se conforma con ganar unos €25 millones anuales antes de impuestos.

Los límites de la edición: ¿Vale todo lo que vende?

El pasado jueves 21 de octubre organizamos en ESADE, desde el Club Editorial de la Asociación de Antiguos Alumnos, una mesa redonda sobre el tema del título de esta nota.
Asistieron casi 40 profesionales del sector, e intervinieron cuatro directivos con responsabilidades editoriales de cuatro sellos de reconocido prestigio, moderados por Sergio Vila-Sanjuán, de La Vanguardia.
La conclusión a la que se llegó es, si tratamos de sintetizar, que aunque los límites no son necesariamente los mismos para todos los editores, porque difieren los gustos personales y el propio posicionamiento de los sellos que gestionan, sin embargo SI que vale todo lo que vende.
O, dicho de otro modo, que los límites de la edición son muy similares a los límites que tienen o deberían tener en cualquier otro sector del mundo de los negocios: hacer lo que suponga ganar dinero, sin saltarse las leyes y sin hacer daño a un tercero. Tratar de responder a la demanda de los clientes, del segmento de mercado al que cada empresa trata de satisfacer, que no tiene porqué ser el mismo de una editorial a otra, es decir, lo que no vale para una editorial sin embargo sí que vale para otra. Y hacerlo sin poner en peligro la cuenta de resultados de la editorial en un futuro, sea por la pérdida de prestigio que la publicación de un libro pudiera producir en los lectores o prescriptores habituales de la editorial, sea por el riesgo de demandas judiciales que algún libro pudiera suponer.
Pero, insisto, sin que ellos signifique salirse de la pauta que cualquier negocio debería seguir. Hay que ganar dinero. Hay que mantener un equilibrio entre pasado y futuro. Hay que innovar y hay que arriegarse con los nuevos productos, pero hay algunos valores sociales que hay que respetar. Y hay principios morales que no se pueden poner en cuestión, y hay otros que si, porque la sociedad ha decidido que ha llegado el momento de cuestionárselos. Un ejemplo podría ser el libro de Las edades de Lulú, de Almudena Grandes, ayer en una colección erótica y transgresora para su tiempo (La Sonrisa Vertical), y hoy perfectamente integrado en el catálogo de la editorial en cuestión, de la que ha desaparecido la citada colección como tal.
Quizás el problema de fondo, si lo hay, reside en la dicotomía eterna que ha enfrentado a cultura y negocio dentro del mundo editorial. Valores y negocio. Algo queha estado presente siempre en el sector, y que aún influye en mucho en la forma de hacer de cada empresa. Incluso creo que podría hacerse una clasificación de las editoriales según el supuesto balance entre cultura y negocio que se da en cada una de ellas, aunque ésta sea falsa, y sin duda rechazada por los responsables de las mismas, que se resistirán a tal etiqueta.
En la mesa redonda gravitó de forma implícita esta dicotomía en las intervenciones de los editores. Dos de ellos supuestamente más a favor de la cultura (no vale todo), y otros dos, curiosmante lo más jóvenes, a favor del negocio (sí vale todo). Aunque ambos bandos dejaron claro que las cosas no son tan simples. Los del bando del NO quisieron puntualizar que la cuenta de resultados ha de estar presente en la labor editorial, y que la rentabilidad es el principal límite de la edición. Y los del bando del SI también quisieron dejar claro que se edita lo que se piensa que se va a vender, y que para ello se trata de estar al tanto de lo que puede interesar a la sociedad, y de innovar y crear nuevos autores y nuevos géneros, que renueven un oficio milenario a veces falto de verdaderas novedades. Y que aunque digan que no hay límites, eso no quiere decir que editen todo lo que les ofrezcan.
Por último se planteó la cuestión, cuya respuesta pareció ser negativa, de si el hecho de que el sector se llegue a plantear la pregunta que daba título a la mesa redonda, y que todos los asistentes comprendieronm y consideraron pertinente hacerla en el contexto de este sector, no influye negativamente en la rentabilidad del propio sector. Pero quedó la duda de si el sector editorial es un sector mojigato, o quijotesco, de mayor conciencia social que otros?
¿Tendría sentido que otros sectores se hicieran la misma pregunta? ¿Alguna vez se la han hecho? ¿No sería lógico que el sector inmobiliario se lo preguntase, cuando realiza promociones que destruyen el paisaje o el entorno? ¿O el hotelero cuando ofrece paquetes de alcohol, juerga y playa? ¿O el del automóvil cuando fabrica enormes todoterrenos con consumos exagerados? Ellos ponen el beneficio por encima de todo. El sector editorial no. Quizás tengan razón aquellos que dicen que una editorial no es una empresa.