8 de diciembre de 2014

¡Son los servicios, idiota!

Me permito parafrasear el famoso “¡Es la economía, idiota!” mencionado por un candidato a las elecciones presidenciales norteamericanas (no me acuerdo quien), convirtiéndolo en ¡Son los servicios, idiota!”, aunque sin ánimo de ofender a nadie.

Lo que pretendo decir, de forma tan heterodoxa, es que los servicios son tan importantes como la industria en la economía del siglo que vivimos. De hecho, el crecimiento en la importancia porcentual del impacto de los servicios en el PIB es una constante en todos los países desarrollados, e incluso, a medio plazo, en los emergentes.

Recientemente he leído un interesantísimo artículo del McKinsey Quarterly que se titula “La productividad del sector servicios y la competitividad internacional” en el que se defiende que la productividad de la industria, de hecho, depende de la competitividad de los servicios que sustentan esa industria. Es decir, que no se es competitivo a nivel industrial si no se es competitivo a nivel de servicios. Estamos hablando de telecomunicaciones, banca, comercio, transporte u hostelería, por citar los servicios más importantes. Al menos a mi es algo que me ha hecho pensar, porque es demasiado frecuente que se desprecie un poco a los servicios, como si se tratara de un sector de segunda, frente a la idolatrada industria.

El artículo va más allá y afirma que la productividad de los servicios no depende tanto de los salarios o de las infraestructuras como se piensa, al menos en los países desarrollados, sino de cómo se organizan, de cómo se gestiona al personal de servicios.

En eso los Estados Unidos son el campeón mundial. Y de hecho es, de largo, el país de mayor productividad del sector servicios del mundo.

Se trata de gestionar el modo en que se combina el personal con el resto de factores de producción de servicios para proporcionar el mayor y mejor output. Es una cuestión de capacidad de gestión y de libertad para ello, una combinación en la que los EEUU están por encima de todos.

Hablamos de factores como:

1. Cómo se divide el trabajo en tareas específicas.

2. Cómo se diseñan los procesos.

3. Cómo se planifican las necesidades y se adaptan las capacidades en un entorno de alta volatilidad de la demanda.

4. Cómo se motiva al personal.

Es obvio que todo ello requiere de una regulación abierta y flexible. En el sector de servicios la regulación puede acabar con la productividad si se lo propone, o viceversa. Si interfiere en las fuerzas del mercado, restringiendo la competencia, acaba con la productividad.

En España, como en todos los países, nos jugamos mucho si no cuidamos de la productividad de nuestro sector servicios. Porque, como vemos, es el fundamento de la industria, y en definitiva, el fundamento de la economía.

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