24 de diciembre de 2019

Cómo hemos de abordar los años 20: mayores y jóvenes trabajando juntos

Parece mentira pero estamos a punto de empezar los años 20 del siglo XXI. Parece que fuera ayer cuando empezamos el siglo…

Estamos ante el gran reto de cómo vamos a hacer frente a un mundo de grandes desequilibrios, donde la economía y la política no acaba de encontrar soluciones.

En concreto en los países occidentales, sobre todo de la vieja Europa, nos enfrentamos a un doble problema: el envejecimiento de la población, debido a los avances de la medicina y a la alta calidad de vida que hemos heredado del siglo XX, y la caída de la natalidad. Lo que nos lleva irremisiblemente a una posición de debilidad geopolítica frente a los grandes países asiáticos (a donde se desplaza el centro del mundo: China e India por delante de todo) y frente al vecino continente africano, con su enorme población joven y desesperada.

En el tema del envejecimiento, tenemos, además, un problema económico inmediato y evidente: la imposibilidad de mantener nuestros sistemas de pensiones. Aunque haya quien no desee enterarse, las pensiones son actualmente insostenibles.

Todo ello nos conduce también irremisiblemente a un futuro inmediato en el que los mayores de 65 años habremos de seguir trabajando. ¿Es eso un problema? Yo estoy convencido de que no lo es; al contrario, puede ser parte de la solución, del nuevo modelo social que habremos de adoptar si queremos seguir viviendo confortablemente y en paz.

En países como Nueva Zelanda e Islandia (curiosamente islas) el 56% de los mayores de 65 años trabajan.

No hay que ver el trabajo (o la prolongación del trabajo) como algo negativo. Tampoco ha de ser la prolongación del mismo trabajo que se ha venido haciendo hasta los 65. Tampoco ha de ser trabajo a tiempo completo. Pero se habrá de seguir trabajando.

Que los mayores de 65 años trabajen (hasta que puedan) será positivo no solo para reequilibrar las pensiones, sino para algunas otras cosas:

  • reducir la despoblación rural
  • mantener en pie las casas de los centros de ciudades y pueblos
  • reducir el gasto sanitario (los mayores activos son ancianos más sanos)

Además todo ello debería permitir dedicar más recursos a que los jóvenes se formen y asuman los nuevos puestos de trabajo que exigen las nuevas tecnologías, dejando los trabajos-basura a los mayores: cajeros, porteros, telefonistas, conductores de coches-escoba, vigilantes, reponedores de supermercado, dependientes, enfermeros de menor responsabilidad, etc. Obviamente, también aquellos oficios para los que se consideren cualificados y siempre que se encuentren en disposición física de seguir desempeñándolos: abogados, arquitectos, notarios, médicos…

Los mayores pueden hacer que la sociedad, la economía, siga en marcha; los jóvenes son quienes han de darle el impulso de la innovación y el cambio, de la mano de las nuevas tecnologías. Juntos, mayores y jóvenes, pueden ser un tándem imbatible.

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