29 de octubre de 2020

Ante la incertidumbre de las elecciones norteamericanas

Los medios de comunicación echan humo tratando de dilucidar cuál será el resultado de las elecciones del próximo martes 3 de noviembre. No solo los EEUU sino todo el mundo nos jugamos mucho, porque no deja de ser el país que hoy por hoy domina el planeta desde casi todos los puntos de vista. Incluso, teóricamente, desde el plano democrático.

Lo que están evidenciando, más que nunca, es que es un país dividido que se arriesga a entrar en un estado de virtual (esperemos que no real) guerra civil después de las elecciones, sea cual sea el resultado.

Yo me pregunto (muchos lo hacemos): ¿cómo ha llegado ese gran país a esta situación? No hablamos de una pequeña república sudamericana o africana, sin instituciones consolidadas, empobrecida, con bajos niveles de educación, sino de la mayor economía del mundo, cuna de las mayores multinacionales y de la mayoría de los premios Nobel.

Por si no teníamos suficiente con el terremoto provocado por la pandemia, ahora tenemos el terremoto de la política norteamericana, convertida en una potencial república bananera.

Espero y deseo que las aguas de la política norteamericana vuelvan a su cauce y que ese sea el preludio de una solución a la COVID19 y de un año 2021 de vuelta a la normalidad.

Y aún así, habrá que resolver los problemas de fondo si no queremos que se repitan: Los líderes políticos yanquis han de tender puentes entre estados, razas e ideologías, y reducir la brecha entre campo y ciudad y entre ricos y pobres. Solo así se evitará el peligro de un nuevo Trump. Y el mundo habrá de prepararse mejor para hacer frente a la siguiente pandemia, reforzando la sanidad y cuidando el entorno y recuperando la naturaleza.

Grandes problemas por delante que quizás son la manera en la que el destino nos obliga a enderezar nuestro rumbo como civilización.

Los ciudadanos y los mercados financieros hemos de ser conscientes de que estamos en un momento crucial, en el que hemos de reinventarnos y cambiar radicalmente hacia un mundo más justo y más sostenible.

«No hay mal que por bien no venga».

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