No hay duda de que para cualquier empresario poner en marcha una estrategia de crecimiento supone complicarse la vida.
Muchos empresarios renuncian a crecer. He oido la misma frase muchas veces: “No quiero complicarme la vida”.
Es verdad que cuando se apuesta por crecer se debe asumir que la vida será más complicada. Ocurre con cualquier empresa. Como ocurre en la vida, por ejemplo, cuando decidimos que la familia crezca.
Pero, ¿es decidir no crecer realmente una opción?
Yo creo que no. Que crecer es una obligación; al menos en el mundo de la empresa. Porque en el momento que decides no crecer empieza la cuenta atrás de tu final.
En el sistema capitalista, que es el único que tenemos, por imperfecto que sea, el objetivo de cualquier empresa es crear valor. Valor para sus clientes y sus empleados, y como consecuencia, para sus accionistas; y, en suma, para la sociedad.
Y, para crear valor, hay que gestionar los recursos con inteligencia, encontrando espacios de valor, que siempre son temporales, y explotarlos.. Y eso se hace desarrollando estrategias visionarias, y sabiendo ejecutarlas. Y eso sólo es posible si se está en un proceso continuo de crecimiento.
Y eso no significa que cualquier empresa haya de crecer por crecer, sino que hay que crecer cuando se ve una oportunidad, se tiene una visión clara y se puede desarrollar y aplicar un plan sensato.
Quien no lo hace así, más pronto o más tarde se ve apartado de la carrera.
Porque gestionar una empresa, de cualquier tamaño, se parece mucho a una carrera ciclista por etapas. Una carrera eterna, que no tiene fin, en la que de lo que se trata primero es de estar y luego de ganar, de ser el líder. Una carrera de la que el que abandona o es descalificado, queda apartado. Y eso es el fin.
Pero una carrera muy dura, en la que detrás de cada etapa viene otra, y luego otra, y así sucesivamente, sin que nunca se pueda parar. Las pocas empresas que han llegado a centenarias, lo saben muy bien.
De hecho es una carrera que pocas empresas terminan.
Las empresas, los empresarios, que creen que con hacer una o dos etapas ya será suficiente, o las que alargan las etapas en las que se sienten a gusto, evitando el crecimiento, más pronto o más tarde se dan cuenta de que no es suficiente, que no correr es morir, es quedar apartado de la carrera.
Hablo de una carrera cuyo final puede ser la quiebra, pero también la venta, para que otro ciclista siga pedaleando, subido a nuestra bicicleta. Seguro que los empresarios que están leyendo esto ya me entienden.
Y si seguimos con la idea de la carrera, cada etapa de la vida de cualquier proyecto empresarial, sea una startup o un proyecto de crecimiento de una empresa ya establecida, tiene, en mi opinión, 5 fases:
Arranque. Cuando se entra en la etapa y se arranca. La ilusión compensa el riesgo. Se requieren valentía y recursos. Y salir de la zona de confort. Probablemente resignarse a perder dinero, o al menos a rebajar la rentabilidad. Crecer y ser rentable no son conceptos compatibles de entrada. Quien opta por crecer, por lanzar algo, sabe que de entrada afectará a su rentabilidad. Por eso sólo los visionarios que creen en su proyecto se atreven a arrancarlo.
Pelotón. Una vez lanzado el proyecto, hay que avanzar poco a poco, metiéndose en el mercado, en el sector, e ir conociéndolo y reaccionando a los problemas, que siempre surgen. Hay que demostrarse a sí mismo y a los demás que se puede estar ahí.
Escapada. Quien quiere crecer no se conforma con estar en el pelotón. Está atento para encontrar el momento y el lugar adecuados para escaparse. Y hay que tener fuerza para adelantar posiciones y ponerse en cabeza, luchando codo a codo con los mejores.
Liderar y conservar el liderazgo. Y no sólo en una etapa, sino etapa tras etapa, que es lo más difícil. Hay que saber responder al ataque de los competidores y a los cambios del recorrido, del entorno (llano, montaña, baches, pavés…). Y saber encontrar de nuevo el momento para volver a escaparse y cruzar la meta el primero, o entre los primeros. Eso exige estar siempre en tensión, y saber sobreponerse al desfallecimiento sin tirar la toalla.
No abandonar la carrera. Los pocos empresarios que pueden y quieren, siguen en la carrera, etapa tras etapa, pasando el testigo a nuevas generaciones, para que suban a la bicicleta y sigan pedaleando. Pero la mayoría, más pronto o más tarde, decide abandonar la carrera, sea porque le vende la bicicleta a un nuevo ciclista, para que siga en la carrera, o desgraciadamente porque no puede seguir, por agotamiento físico o mental del empresario o de la empresa (o de ambos).
Con este ejemplo cualquiera puede ver por qué son tan pocas empresas las que tienen continuidad, y por qué hay que crecer, hay que innovar. El ciclista no puede dejar de pedalear, porque si no, se cae. Y no puede abandonar la carrera. Ha de crecer, porque la alternativa es fracasar. Si no juegas, los demás corredores te arrollan, te sacan de la carrera.
En definitiva, son más los que abandonan la carrera que los que siguen en ella. Les pasa a muchos emprendedores, y les pasa a muchas empresas, pequeñas o medianas incluso. Y menos, pero también les pasa a las grandes empresas.
Todo esto explica, por ejemplo, el miedo que se tiene en España al emprendimiento. O por qué hay tan pocas pymes que llegan a gran empresa.
Y así nos va…

