Empresas con "alma"
Imposibles de imitar, complicadas de heredar
Hay empresas con “alma” y empresas sin alma. Se nota enseguida.
Las primeras crecen con fuerza y emiten una cultura propia que comparten empleados, directivos y clientes. Tienen un pasado común compartido y las ideas muy claras, a veces sin necesidad de estar formalmente expresadas. Una visión y una misión que va más allá del beneficio y del corto plazo. Un propósito. Y por último, un sentimiento orgulloso de pertenencia, que no sólo afecta a empleados y directivos, sino que contagia a clientes e incluso a proveedores.
Las segundas, contratan a proveedores y agresivos ejecutivos que tratan de armar una cultura similar. Pero sin alma no hay cultura que aguante.
Tener alma es creer en unos valores y compartirlos desde dentro. No como algo impuesto, que se escribe en decálogo aprendido en las escuelas de negocio, sino como una “religión” que arrastra principios básicos, eternos e inamovibles.
Un ejemplo: Soy cliente de cadenas de supermercados varias. Y no necesito mucho tiempo en un supermercado para darme cuenta de si es una empresa con alma o no lo es. No voy a decir cuáles son las que no tienen alma, porque no quiero que nadie se sienta ofendido, pero sí que voy a señalar algunas que conozco y que creo que la tienen: Mercadona (la líder en España), Bonpreu y Ametller en Catalunya.
Son empresas de éxito, que tienen las ideas claras y un recorrido firme y decidido en la línea en la que creen que cumplen con su propósito. Con empleados motivados y clientes felices y fieles.
Compiten con grandes empresas de tú a tú. Con menos recursos financieros, que compensan con sentido común e inteligencia. Que tienen claro quienes son sus clientes y qué quieren ofrecerles. Que tratan a sus empleados como personas.
En todas ellas existe una figura que personaliza el alma: un “dueño”. Todas ellas son empresas familiares con un liderazgo claro y visionario. Saben lo que son y lo que no son. Y son transparentes. No tratan de engañar a nadie: ni a sus empleados ni a sus clientes. Saben cuáles son sus puntos fuertes y se centran en ellos. Con esos ingredientes superan con facilidad a la competencia.
Las empresas que pierden el alma, por ejemplo, cuando el fundador da un paso al lado, o se venden a la competencia, tratan, como digo, de sustituirla por una formulación de principios, por una cultura; pero habitualmente fracasan. Hay muchos casos que lo corroboran. Por eso es tan delicado heredar empresas con alma. Por eso es tan peligroso comprarlas.
Conseguirlo es un arte, que exige paciencia y una preparación muy bien planificada del sucesor, que haga posible la transmisión del “alma”.
Hay empresas que lo han conseguido. Pero son pocas.

